"El amor es el suspiro del tiempo. Fugacidad eterna de la finitud"
Una extraña atmósfera envolvía aquella noche de invierno. La niebla era espesa, y los faroles parecían fuegos fatuos señalando una calle lúgubre y tenebrosa. Nada más era visible en el manto de ébano nocturno. Sólo una imaginación lo suficientemente intensa como para traspasar el velo espeso de la oscura niebla hubiese podido ver algo más que el pálido brillo de las luces.
Cerré la cortina de mi dormitorio y me volteé. Allí estaba mi cama, mi escritorio, todo en orden, tal como lo había dejado el día anterior. Sin embargo algo parecía faltar. ¿Qué era? No podía recordarlo. La noche anterior había bebido demasiado, o eso creía. Casi sin darme cuenta me encontré recordando aquellos ojos que me llevaron a comportarme tan extrañamente en ese momento. No podía recordar nada de aquellos ojos, sólo sabía que expresaban una inquietante y a la vez irresistible profundidad. Era la mujer más hermosa y misteriosa que hubiese visto jamás. Pero no podía recordar su nombre. Era tan poco lo que podía recordar de aquella noche que me parecía que todo había sido un sueño.
De pronto un ruido en la planta baja me sacó de mi ensoñación. Alguien tocaba la puerta. ¿Quién podría ser a esas horas? Tomé el viejo sable que colgaba del muro del comedor, herencia de mi abuelo, y única arma de defensa con la que contaba, y abrí la puerta. Un oficial de policía se identificó al instante mostrando su placa.
- Soy el comisario Ibáñez – dijo, dándole un vistazo al filo del sable – Necesito conversar con usted.
- Está bien – respondí, mientras volvía a colgar el sable en la pared – pase.
El comisario era un hombre de unos cincuenta y cinco años, canoso, y con un semblante serio que le otorgaba un aire de autoridad. Se sentó ceremoniosamente y me dijo:
- ¿Es primera vez que habla con un policía en su casa?
- La verdad no, mi abuelo era policía – le respondí – Pero sí, es la primera vez que uno de ellos me interroga en mi casa.
- Ya veo. Mire, señor…
- Benítez. Alberto Benítez – contesté
- Señor Benítez, bien – dijo el comisario, y sacó un cigarrillo de su chaqueta – He venido por un pequeño asunto. Esta tarde un hombre me habló acerca de una fiesta que tuvo lugar anoche y me dijo que una mujer había desaparecido. Y la última persona con la que la vio fue con usted. ¿Sabe qué fue de ella?
- Mmm… - no sabía qué responder, la verdad no recordaba casi nada – No lo sé, señor Ibáñez – dije.
- ¿Estaba usted ebrio, señor Benítez?
- Sí – respondí sinceramente – Pero la verdad es extraño, pues no bebí tanto como para no acordarme de nada.
- Mire, don Alberto, le propongo algo. Vendré mañana en la mañana y retomaremos la conversación. ¿Le parece?
- Ningún problema – fue lo único que atiné a decir.
El señor Ibáñez abrió la puerta y salió al tiempo que terminaba su cigarrillo y lo apagaba pisándolo sobre la vereda. Cerré la puerta y volví al sillón. Trataba de recordar… ¿Qué había sido lo que hice esa noche? Sólo veía en mi mente una mujer muy hermosa con un vestido rojo, su cabello era... Y sus ojos… No sabría cómo describir aquellos ojos. Me absorbieron, penetré dentro de ellos, y me sentí girando en un túnel interminable.
Me encontré en un gran salón donde bailaban varias parejas al son de una extraña melodía. Pero había algo extraño en ese salón. Parecía como si fuera un salón de un palacio de otros tiempos. Observé a las personas, lucían trajes que sólo había visto en las pinturas que representaban la época barroca. ¿Qué era todo aquel extraño sueño? Sin embargo no podía despertar, pues estaba totalmente despierto, caminando por el extenso salón, entre las parejas que bailaban.
Nadie parecía percatarse de mi presencia. Me dirigí a la entrada del salón. Tras una puerta en forma de arco se alzaban unas escalinatas. No era la entrada, era el paso hacia otra habitación. Caminé y subí las escalinatas. Otro salón apareció ahí delante, pero éste era mucho más magnífico que el anterior. De pronto, unos ligeros pasos llamaron mi atención. No podía ser. Era la mujer del vestido rojo. Me miró y le devolví la mirada, sus ojos me llamaban, no podía resistirme. La besé. Me apartó suavemente y me dijo que la siguiera.
Me llevó por otros pasadizos similares al que había atravesado antes de verla. Llegamos a una extraña habitación en nada parecida al resto. Estaba mal iluminada, descuidada y sucia. Me detuve. “Sígueme” - dijo ella - y abrió una pequeña puerta lateral. La seguí. La puerta conducía a una habitación pequeña y más oscura que la anterior. Entré, y lo que vi allí me heló la sangre. Ella había desaparecido, y en su lugar, había un horrible cadáver mutilado. Era una mujer.
Desperté excitadísimo. Sudaba. La luz del sol entraba por la ventana y un haz de luz me daba en la cara. “Fue sólo un sueño” me dije a mí mismo, tranquilizándome. Entonces recordé que el comisario había dicho que vendría a terminar la conversación en la mañana. ¿Pero qué podría decirle si aún no recordaba lo sucedido?
Tocaron a la puerta. Abrí. Pero no era el comisario, era un hombre que no conocía, y que, sin embargo, me resultaba sumamente familiar.
- Buenos días – saludé – ¿Qué se le ofrece?
- Buenos días, Alberto – contestó el extraño, que increíblemente conocía mi nombre, pero… ¿Cómo? – Vengo para decirte que han encontrado el cuerpo de la mujer, es necesario que me acompañes. Soy amigo del comisario Ibáñez, no sé si me recuerdes, discutiste conmigo la noche de la fiesta, estabas con ella. Y luego mencionó su nombre en voz baja.
No podía creerlo. Al fin lo sabía... Así que ese era el nombre de la mujer de los ojos misteriosos. Y ahora me decían que estaba muerta, y que el último que había estado con ella había sido yo. Pero, ¿cómo es que no recordaba nada? Y sin embargo ese hombre me parecía conocido.
- Está bien – respondí – Iré.
- Muy bien. Vamos. Pero antes – dijo el extraño – déjeme presentarme. Mi nombre es Pedro. Pedro Salamanca.
Me miró y sonrió. Un diente de oro brilló en su boca. Entonces sentí como si me fuera a explotar la cabeza. No podía ser. Ahora lo recordaba. Era el tipo qué había estado conversando con ella antes que bailáramos. Recuerdo que nos observaba todo el tiempo. Luego salí de ese lugar, la fiesta había terminado... Pero mi noche aún no comenzaba. Luego de tomar un par de tragos más, la aparté y la llevé a mi casa. Era definitivamente una mujer irresistible. Nos besamos apasionadamente, subimos a mi dormitorio y pasamos una noche inolvidable. Era lo último que recordaba.
El cuerpo de la mujer del vestido rojo había sido encontrado mutilado en un sitio de una plaza abandonada no demasiado lejana a donde yo vivía. Yo seguía sin recordar, pero era imposible que hubiese matado a alguien, menos a una mujer como ella, a la cual había amado desde el primer momento en que la había visto. Algo estaba mal, pero mientras no recordara todo, el principal sospechoso era yo. Así me lo dijo también el comisario Ibáñez.
Pasaron los días y seguía sin poder recordar, era como si me hubiesen borrado la memoria. La evidencia para condenarme no era suficiente, pero seguía siendo el principal y único sospechoso del asesinato de ella. Una lúgubre y gélida celda de la cárcel me esperaba.
A la semana siguiente estaba en la cárcel. El juez había decidido ponerme en prisión hasta que el caso fuese solucionado en su totalidad. Y si resultaba ser culpable me condenarían a pasar todo el resto de mi vida en aquel horrible recinto. Mientras tanto, debía esperar. Me dejaban salir un par de veces al día, siempre muy bien vigilado, entonces aprovechaba para ir a mi casa y revisar… Revisar si había algo que me hiciese recordar.
Fue en una de esas oportunidades, mientras revisaba unos viejos libros, que encontré lo que necesitaba. Sobre uno de los estantes vi algo que me llamó la atención pues no encajaba con todas las cosas antiguas que allí había. Era una foto, una instantánea, en la que podía apreciarse mi dormitorio. No recordaba haberla tomado. Pero había en ella algo muy extraño y que me dejó atónito. Un sujeto llevaba bajo el brazo un cuadro, y en su mano libre… ¡Un revólver! Se podía apreciar claramente que apuntaba hacia la persona que tomó la fotografía. Mientras, en un costado, era posible ver parte de la cama y… ¡unos pies! ¡Mis pies! Ya no había ninguna duda en mi mente. La persona que había tomado aquella foto era ella. Volví a mirar al sujeto de la foto, en la cual sólo había reparado en el revólver. Era el tipo del diente de oro. ¡Era Pedro Salamanca!
Le mostré la fotografía al comisario Ibáñez. Su rostro lo decía todo, estaba perplejo. No podía creer que su amigo Pedro hubiese cometido el crimen. Tomó la fotografía, se levantó de la silla y comenzó a pasearse sin dejar de mirar la evidencia que culpaba a su amigo.
Mientras tanto me percaté de un detalle que no había venido antes a mi mente. Aquella noche en la que el comisario había ido a mi casa yo había observado mi dormitorio y me había dado cuenta de que faltaba algo, pero no había sabido qué era exactamente. Ahora lo sabía. Era el cuadro.
Me dejaron en libertad y Salamanca tuvo que confesar todo ante la evidencia. Enamorado perdidamente de la mujer del vestido rojo, la había visto coquetear conmigo, y entonces, arrastrado por unos celos enfermizos y un arrebato incontenible de locura, puso unos alucinógenos en mi trago. Ahora entendía por qué me era tan difícil recordar, y por qué mis recuerdos eran tan extraños. Salamanca continuó su relato. Luego de ver que había salido de la fiesta con ella, nos siguió hasta mi casa y esperó toda la noche, pues sabía que el efecto de los alucinógenos y el alcohol me tendrían casi inconsciente en mi cama luego de unas horas. Es por ello que no recordaba nada luego de haber estado con ella. Una vez que estuvo seguro de que yo dormía en estado semi inconsciente, Salamanca entró en la casa y la vio dormida junto a mí. Su cólera creció hasta convertirse en una locura irracional, entonces se percató de que ella despertaba. Pero algo llamó su atención antes. Mi cuadro.
Hace mucho tiempo que lo había pintado, representaba una mujer de la época barroca, de hermosos ojos y cabellera castaña. El fondo era un hermoso salón de palacio, semejante a los salones de Versalles. Esto debió inquietar a Salamanca, preso como estaba de su arrebato de locura. Debió encontrar un gran parecido entre la dama de mi pintura y la mujer del vestido rojo, entonces, para no atormentarse más, decidió sacar de ahí aquel cuadro. Fue entonces cuando ella se levantó e intentó despertarme. Pero al ver que no reaccionaba, tomó mi cámara fotográfica y enfocó a Salamanca, al tiempo que éste apuntaba y disparaba su revólver.
Salamanca tomó la fotografía con la intención de romperla, pero al ver que ella comenzaba a sangrar demasiado, la dejó sobre el estante en el cual la encontré. Entonces arrojó lejos el cuadro y salió con el cuerpo de la víctima, lo subió cuidadosamente a su vehículo y se dirigió hacia su casa. Al ver lo que había hecho, la locura se apoderó completamente de él, y en un acto horrible, descuartizó el cuerpo de la mujer a la que tanto había deseado y lo escondió en algún lugar oculto de una plaza.
Luego contó que para no dejar rastro de sangre, había usado el vestido de la mujer y unas toallas, por ello, no había rastro de sangre en su casa. Pero cometió el error de botarlos cerca de donde había tirado el cuerpo, en la misma plaza abandonada. Un vestido teñido de sangre lo culpaba. De esta manera el caso quedaba resuelto, y Salamanca era condenado a cadena perpetua. Pero debido a su estado de demencia, fue trasladado a un sanatorio, donde pasó el resto de sus días.
Por mi parte, seguí mi vida normal, aunque ya nunca más pude ser la persona que era antes. Para recordar a la mujer a la que el destino arrancó súbitamente de mi vida, solía pasear por los jardines cercanos al hotel donde había tenido lugar la fiesta en donde la conocí. Nunca más conocí una mujer como ella, sin embargo, pude amar a otras mujeres, aunque no con la misma intensidad, casarme y formar una familia.
En uno de mis paseos vespertinos, recorrí una exposición de pinturas de artistas de la ciudad. Para mi sorpresa, uno de los cuadros que allí había era el que yo había pintado. Pero había sido retocado. La mujer ya no lucía el vestido blanco que yo pintase, llevaba ahora un vestido rojo. Observé en detalle la pintura y me convencí de que era la mía, sin embargo, al mirar con detención los ojos de la mujer, reconocí a... sí, la reconocí a ella. Era ella, no había duda de eso, y estaba dentro de aquel retrato. Miré sus ojos, aquellos ojos cuya profundidad insondable me hicieran perder la cabeza, y en ese momento, en mi mente, tal como si estuviera hablándome al oído, sentí su voz que me decía: “Te amo”. Era ella. Era la mujer del vestido rojo.
por M.

No hay comentarios:
Publicar un comentario