domingo, 8 de enero de 2012

Lulunera

Luna del trigal
Luna del brezal
Luna de zorzal
Luna de la mar

Una sombra en la pared
Tu mirada  en el pincel
Un atisbo de este mes
Tu sonrisa en carrusel

En la mar está el ayer
Por las brisas de oropel
Una risa ha de caer
Por tu mirada de papel

Luna de faisán
Luna del rosal
Luna mazapán
Luna lulunar

viernes, 30 de diciembre de 2011

Claro de luna


En larga espera he caído
Mas no tediosa ésta ha sido
Por llevar por delante siempre
A la vida que nunca miente

Pero las esperas a veces cansan
Pues esperar es comenzar a morir
Y si en la ventana las estrellas cantan
Es mejor por otros azares sufrir

Ya en el alba sumergido
Nada hay de qué temer
Ni esperar, ni creerse vencido
Pues ante la vida me las he de haber

Y en el aire, una rosa blanca que vuela
Es un instante que no espera al tiempo
Y es que eres golondrina que sueña
Ante un claro de luna que yo espero

jueves, 22 de diciembre de 2011

Sangre en la mejilla

Y eso... lo típico, la montaña rusa de las emociones... estar bien, mal, alegre, triste, animoso, melancólico... “parezco mina” dirían por ahí (yo mismo lo haría, mejor dicho). Eso tiene una sola razón... ¿Por qué soy yo tan poeta? (a lo Nietzsche)... Tan melancólico, tan etéreo, tan triste, tan gris... tan verde oscuro como mis ojos. Porque me afectan las emociones de los demás, y yo ahí, impertérrito, serio, casi frívolo... tan capricorniano... tan canceriano por dentro, por fuera, maldita sea. Tanta tierra y agua que se me escapa todo, sí, demasiado. Lunatismo. Locura. Quién me manda... Idiota... Río... no, no tiene que ver con agua... ¿o sí? Maldito zodiaco, esoterismo lunático, los fines de año siempre me hacen mal... ¿o bien? El maldito verano. Y pensar que hace un año estaba... sí, lo recuerdo. Una caminata por quién sabe dónde, horas y horas... ¿pies cansados? Para nada, las almas se aligeran con ese viento extraño del verano. Un besito tonto que me descolocó... dos niños jugando a no sé qué. Y sí, las aromáticas noches, ¿cómo olvidarlas? Parece que entre tu inspiración poética y la tuya, prefiero la tuya... ¡Ah! ¿Acertijos en la oscuridad?... sí, con ventilador, teclado y un antifaz. Sin oscuridad. El sombrero otra vez... estás loco duquecito... definitivamente... ¿y qué más da? Ya no espero nada de la vida (cuando pierdes toda fe en la esperanza y viceversa... Wi, messie Camus), es como el Cambalache todo esto ya... un buen tango, ¡vaya que lo disfrutaría! Aunque ya no sé si contigo, contigo o con todas. ¡Pero si nunca lo has bailado, hombre! ¿Y quién dijo que era necesario saber para sentir... para vivir? Mi eterno drama... una comedia, ¿un crucigrama? Una araña en la pared... ¿eras tú la otra vez? Ah, no... ¡Eras ! Tú... tu... tu... tu... ocupado. Cuelga. Hay sangre en su mejilla y no sabe por qué. Una rosa lo había besado.

viernes, 16 de diciembre de 2011

El sombrero metafísico


(Habla el poeta).
¿Y qué es el amor?, nuevamente esa pregunta que me asalta en los momentos en que no pienso en ello. Siempre tan pequeño, siempre tan invisible. Así ha de ser, me dije. ¿Pero es necesario? Es justo y necesario. No, no lo es, y tampoco importa que así sea. Al parecer mi aura sólo brilla para la naturaleza, para las inquietas avecillas que me observan y trinan. Para ese gato de blancas botas y negro sombrero que una noche me preguntó: “¿Estás solo, mi buen amigo? Pues yo también, sólo mírame”. Y entonces yo asentí, porque el idioma universal no necesita de un intérprete, porque espero que tú también lo conozcas, que puedas aprenderlo al menos, como ella no pudo nunca hacerlo. Ni siquiera he podido querer, o bien, digamos, ¿a quién le importa después de todo? Soy invisible en ese sentido.
Ahí está, helo aquí, obsérvenlo: una mirada melancólica y profunda, como escudriñando los secretos del viento; un semblante jovial que esconde una sabiduría de la vida que se burla de lo empírico; una voz a veces algo grave, otras más amable, pero siempre musical; un tranquilo caminar, cuando de verdad es él quien lo hace y no sus preocupaciones; un triste y poético reflejo en su boscoso iris; un planificado alboroto en su cabellera castaña; un hilo de recuerdos en su memoria, y un collage de Cupidos en su corazón. Sí, es él: el hombre del sombrero invisible.
Un sombrero y un bastón, podrían verse a solas tirados en la acera, abandonados como su amable espíritu. Una llama, no es un fuego que queme, es una flamígera vitalidad, una pretensión de, quizás, ser lo que solamente los otros pueden ver de él: una pluma, un tintero y las líneas fluyendo junto a su estético conocimiento, a su filosofía sin palabras, a su historia sin tiempo... a su amor sin amor. El sombrero está colgado, él... alguna vez quizá deseó estarlo, pero claro, era sólo una metáfora, demasiado alegórica para ser poesía. Y entonces, resonó en su cabeza, escogida por el destino, por la voluntad de ese soporte que recibe ahora sus pensamientos y escoge los sonidos que inundan su ser: “Helena está muerta para todos”. Lo sabía, siempre lo supo... pero ahora lo oye; sí, en algún lugar, en algún momento, te veré de nuevo y te encontraré, a ti no, pero al menos a tu volátil resabio de cariño que en otra golondrina se convertirá en amor: somewhere in time, with someone like you... Mejor dejarse llevar por lo dionisíaco de la música, esa música que me arrancó la puerta de la percepción, esa música que se me olvidó, esa poesía que nunca me cantó, al oído tal vez, pero con mucha timidez: somewhere in time... ¿la amaré otra vez? ¿A ella, o a ti? ¿Al pasado o al futuro? ¿A lo que no fue o a lo incierto? El presente, sin duda soy yo, y el “yo” es siempre solitario, pero no triste ni final. ¿He amado alguna vez? Sinceramente, no lo sé... pero, esto es quizá lo que me sostiene, estos signos simbólicos: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”... espero conocer alguna vez, al buen amigo que pronunció estas palabras, quizá en algún teatro del olvido celestial, o en la vuelta de la esquina, pues, ¿sabemos realmente a quién hemos de encontrar? Un sombrero, un castillo y un blasón. Ojalá fueras tú (sí, tú) conquistando mi corazón.
(Silencio).

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Llueve sobre la tinta


Tiempo, escribe la pluma
Tiempo, y la tinta se termina
Quietud, una lágrima dormida
Temblor, una lluvia marina

El tiempo se diluye sobre el papel
El amor quema hasta la piel
A lo lejos una mirada de miel
En mí sólo duele hasta la hiel

Lluvia, sin viento has de caer
Papel, como hojas de otoño has de ceder
Esta vez, la lluvia se desencadena sobre mis pies
Esta vez, esta vez... esta vez

Paraguas sobre la tinta
Truenos en mi alma
Relámpagos en mis ojos
¿Dónde está esa sonrisa distinta?
¿Detrás de un mar en calma?

Llueven lágrimas de hielo
Llueve, aquí, con desconsuelo
Llueve, en el sonido de mi voz
Un suspiro telepático con altavoz

Si supieras, que llueven lágrimas aquí
Si supieras, que tu risa extraño en mí
Si supieras, no lloraría el amor
Porque el amor sólo llora
Cuando mi corazón estalla en dos

por M.

jueves, 24 de noviembre de 2011

La muchacha del mar


En una pintura azul te conocí
O quizá era el reflejo de tu aura que imaginé así
De todos modos jamás te encontré
Y a la tierra de mis inicios tuve que volver

Sólo recuerdo tu silueta recortada por la arena
Una postal que hacía invisible el horizonte
Princesa ondeante bajo una brisa pasajera
Únicamente tu sonrisa se grabó en mi mente

Pero el mar era tu hogar y allí te quedaste
Y a ser marinero a mí me desafiaste
Pero no había nada detrás del horizonte
Sólo mi mirada que no alcanzó para encantarte

Y así, entre la bruma y las blancas aves marinas
Tu silueta se perdió, se desvaneció y ya no volvió
Como un sueño se quebró, y sólo una cosa quedó
El sonido del mar, de las gaviotas y de tu voz
          por M.

La sociedad barroca y el lenguaje de las imágenes

    
     Comprender a cabalidad los sucesos y fenómenos acontecidos entre fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVIII es, sin duda, una ardua tarea. Pues no se trata sólo de obtener conclusiones de aquel período de tiempo, sino que de sumergirse en una época sumamente compleja, en un mundo intrincado, donde chocan diversas tendencias y abundan los conflictos. Pero, ¿es posible lograr una comprensión del Barroco si sólo se toman en cuenta los conflictos y las tendencias? Quizás sí. Pero, ¿en dónde queda lo relacionado más íntimamente con la sociedad de la época? En el presente ensayo abordaremos precisamente el tema de la sociedad como elemento fundamental para comprender mejor la época barroca. Nos internaremos en la mentalidad y estilo de vida de la nobleza, de la burguesía y de las clases populares, las que conoceremos también a través de las imágenes presentes en la cultura popular, que nos entregan valiosa información acerca de los actores de la sociedad barroca. Veremos cómo se expresa la crítica social a través del lenguaje de las imágenes y cómo éstas a la vez reflejan la contradicción propia del barroco, atrapado entre la novedad y la tradición. Pero quizá el lector se pregunte ¿cuál es el real valor de las imágenes como herramienta para comprender la sociedad barroca, sus características, sus diferencias, y su visión de conjunto? Responder a esta interrogante es justamente el propósito de las líneas siguientes.

   ¿Cómo estaba conformada la sociedad barroca? En realidad, no había cambiado mucho en relación al período anterior, al menos en el sentido de que seguía siendo una sociedad estratificada y con escasa movilidad social. Así pues, en la sociedad del Barroco encontramos, a grandes rasgos: a la nobleza o aristocracia, a la burguesía o clase media, y a las clases populares o bajo pueblo, representado por el campesinado y la plebe urbana. Pero no todo seguía siendo como en el Renacimiento, pues se estaban produciendo importantes cambios en el interior de las tres clases que acabamos de nombrar.

   El seno de la nobleza de las monarquías europeas estaba representado por el rey y su corte. Es en este espacio social donde se comienzan a configurar una serie de cambios producto de las nuevas motivaciones y tendencias, de las cuales la que tendrá mayores repercusiones será el desarrollo del lujo. El lujo es por naturaleza cortesano y aristocrático, pues nace en el contexto social de la corte y será lo que determinará el tono de la vida de la nobleza de la época, el que marcará su carácter e imagen. Los vetustos castillos y los descuidados palacios darán paso a una estética renovada imbuida del “culto al lujo”, así como también lo hará la moda, cuya figura propagadora será fundamentalmente la de la mujer. Pero también, una vez que “el culto al lujo” se ha establecido, otros actores de la sociedad querrán ostentarlo con el fin de imitar el modelo de la nobleza y de la corte del monarca. Según Werner Sombart: “Una vez que en una época determinada existe el lujo, vienen múltiples causas a colaborar a su exaltación: ambición, anhelo de ostentación, orgullo, afán de poderío; en una palabra, el deseo de figurar en primera línea, de anteponerse a los demás”.[1]

   De este modo, el lujo se propagó paulatinamente por todas las clases sociales que veían en la corte su ideal de vida. Todas las personas de posición y las gentes ricas fueron acometidas por el afán de pompa mundana que predominaba en las cortes.[2] Así pues, la aristocracia era imitada por la burguesía, por aquellos “nuevos ricos” que durante aquella época, y gracias al dinero, irán ascendiendo en la escala social hasta posicionarse al nivel de la nobleza. La imitación del modelo aristocrático es uno de los rasgos característicos de la burguesía durante el Barroco. Pero la burguesía, aunque buscara asemejarse a la nobleza, era diferente, y una de estas diferencias radicaba en la familia. Pues a diferencia de la familia aristocrática, obsesionada por el honor y el linaje, e imbuida de una virtud heroica, la familia burguesa se remitía más a la unidad nuclear, a la concepción del hogar como unidad reducida y central, como una entidad de carácter doméstico.[3] Cabe destacar además que, al encontrarse en el estrato medio de la sociedad, la burguesía temía descender en la escala social, por ello, su comportamiento debía estar de acuerdo con lo que la clase dominante esperaba de ellos y, en su mentalidad, ensalzaban un ideal de virtud y determinados valores, tales como la piedad, la sobriedad y la espontánea aceptación de responsabilidades; esto la diferenciaba de la clase baja (representada como promiscua y no virtuosa) y a la vez, cumplía con las expectativas del “buen vivir” o del “buen ciudadano”.[4]

   Al encontrarse en el medio del espectro social, la burguesía era objeto de crítica por parte de la nobleza, cuya imagen del burgués era la de alguien ridículo, de malos modales y que en general era visto con mofa y desdén. Otra imagen negativa de la burguesía era la que daba cuenta de que eran: un “grupo de trepadores sociales” y codiciosos, tal como los caracterizó Molière en su personaje Georges Dandin. Para la clase popular el burgués estaba asociado a la imagen del “jefe”.[5]

   En cuanto a la plebe urbana y campesina, su percepción del resto de la sociedad se expresa aún de forma más notoria en el lenguaje de las imágenes. La cultura popular fue fundamentalmente de carácter oral, aunque también hubo una literatura popular impresa, a la que contribuyó sobremanera la literatura novelesca.[6] Era propagada por cantantes, poetas y actores. En ella, el género de la épica tenía un rol muy importante, pues los héroes que presentaba eran modelos de virtud para la sociedad.[7] Así, la cultura popular desarrolló todo un imaginario acerca de las figuras de la sociedad barroca basado en estereotipos medievales y renacentistas. Tenemos así, cuatro tipos de imágenes correspondientes al héroe: el santo, el guerrero, el gobernante y el marginado. Los distintos prototipos podían variar y adaptarse a las nuevas circunstancias, por ejemplo, el caballero medieval se transformó en un general.[8] Estas imágenes expresaban la forma en que el bajo pueblo veía a la sociedad. La imagen del gobernante era asociada a la de reyes emblemáticos como Carlomagno o Ricardo Corazón de León y encarnaban una serie de virtudes propias de estas figuras mitificadas: como el valor, la justicia y la sabiduría. Estos modelos sirvieron para que los buenos gobernantes de la época ocuparan el lugar de aquellos estereotipos y fueran vistos como nuevos héroes populares. En general, si un monarca no contaba con estas virtudes propias de la imagen del gobernante, el rey anterior era ensalzado y se comparaban ambos reinados como forma de crítica al mal gobernante actual.

   La nobleza, para el pueblo, representaba la imagen que se identificaba con la figura del caballero, todo un héroe popular. De este modo se veían en la nobleza las características de Rolando o del Cid, cuyos valores eran el honor, la voluntad guerrera y el poder. Lo mismo sucedía con el clero, identificado con la imagen del santo, la cual muchas veces se fusionaba con la del caballero, como sucedió con la figura de San Jorge. Pero no sólo existían imágenes positivas, también existía la imagen del noble traidor o del sacerdote sin virtud.[9]

   Los marginados, como por ejemplo los bandidos, tenían para el pueblo una imagen diferente a la que tenían para el resto de la sociedad. En muchas leyendas, estos proscritos eran los encargados de enderezar todo lo que se encontraba torcido, así por ejemplo, Robin Hood robaba a los ricos para entregar el dinero a los pobres, pero no sólo eso, su figura estaba rodeada de un halo caballeresco, pues poseía virtudes propias de la imagen del héroe. Sin embargo, no todos los marginados eran vistos así. Pues la gente necesitaba figuras a las que odiar (como brujas, turcos o judíos); sobre los que desplazar la hostilidad generada por las tensiones internas de la comunidad. Necesitaban de ocasiones más o menos regulares, en las que poder expresar esta hostilidad y aliviar la tensión.[10] Y esta instancia se daba manifiestamente en el carnaval. Éste representaba una instancia donde todo lo habitualmente prohibido se permitía. Todo era posible bajo aquellas máscaras con las cuales se asistía al carnaval. Era una forma de evadirse, una “válvula de escape” por donde salía toda la tensión que la sociedad había acumulado; pero también, resultaba una forma de expresión social y una forma de expresar los descontentos. Por ello, las clases dominantes se preocupaban de mantener la tradición, como una forma de mantener tranquila a la población, pues durante el carnaval todo era permitido, los roles se cambiaban y el mundo ya no era mundo, era el mundo al revés; expresión máxima de la cultura popular durante el Barroco.

   Ahora, luego de todo lo expuesto en las líneas precedentes, es posible que el lector haya llegado a encontrar la respuesta a la pregunta inicial. Respuesta que por lo demás, radica en todo aquello que es posible descubrir mediante el lenguaje de las imágenes y la comprensión de la sociedad. De esta manera la sociedad barroca en todo su abundante imaginario nos ha entregado las claves para comprender algo que no era posible vislumbrar a simple vista. Hemos descubierto el trasfondo de un período que va más allá de las esferas del pensamiento, la religión o los conflictos políticos. Una época en la que el hombre comienza a cambiar su rumbo en la historia. Pues si bien el Barroco es aún un mundo de transición, ya se vislumbra en él, el comienzo de una época nueva, los orígenes del hombre que llegará a la edad contemporánea. El “hombre barroco”, en su búsqueda constante, en su ir y venir entre tradición y novedad, dio el impulso necesario para que en la historia apareciera “el hombre moderno”.

por M. 


[1] Sombart, Werner, Lujo y Capitalismo, Alianza Editorial, Madrid, 1979, Pág. 65.
[2] Ibid., Pág. 83.
[3] Cf. James S. Amelang, “El Burgués”, en Rosario Villari (ed.), El Hombre Barroco, Alianza Editorial, Madrid, 1992, Pág. 391.
[4] Cf. Ibid; Págs. 392 - 397.
[5] Cf. Ibid; Págs. 378, 389.
[6] Cf. Tenenti, Alberto, La Edad Moderna: siglos XVI-XVIII, editorial Crítica, Barcelona, 2000, Pág. 209.
[7] Cf. Hazard, Paul, La Crisis de la Conciencia Europea, Ediciones Pegaso, Madrid, 1945, Pág. 328.
[8] Cf. Burke, Peter, La Cultura Popular en la Edad Moderna, Alianza Editorial, Madrid, 2005, Págs. 220, 221.
[9] Cf. Ibid; Págs. 221 – 240.
[10] Cf. Ibid; Págs. 240, 242, 256.