viernes, 20 de abril de 2012

Stendhal: Rojo y negro


En tiempos como el que vivimos, donde las novelas abundan y los segundos dedicados a la lectura escasean, intentar la revisión de una de las obras de Stendhal resulta casi un acto deliberado de academicismo. Convertidas en estatuas de papel, muchas de las obras clásicas parecieran ser patrimonio exclusivo de aquellos dedicados a tareas intelectuales lejanas al común de la sociedad. ¿Cómo volver entonces a valorar los clásicos en un mundo que ofrece tan vasto y variado mercado literario, en el cual todas las preferencias parecieran estar cubiertas? En primer lugar, perder el miedo a la complejidad y la extensión de las obras clásicas es algo primordial. Luego, el descubrimiento de la riqueza de un clásico del canon literario universal no sólo es posible para el literato o el estudioso, sino que también lo es para el lector que no ha perdido aún la capacidad de asombro. Esto situará al lector en una dimensión de provocativa alteridad, la cual lo conducirá a apreciar la amplitud temática y la contingencia de las obras clásicas, cuyo carácter de “clásico” se debe precisamente a que jamás se agota en su contenido, sino que continuamente es susceptible de ser objeto de nuevas e inagotables miradas. 

Rojo y negro, de Stendhal, es una novela que puede ser considerada con toda propiedad como un clásico. Sin embargo, su valor pareciera haberse olvidado, y es recurrente ver a uno de sus ejemplares inclinarse ante el abrumador polvo en algún estante de librería. Si bien es cierto que no es propio de una reseña el convertirse en apología, una defensa objetiva del valor literario de un clásico algo olvidado no me parece que caiga en dicha nomenclatura. Ergo, considero inevitable, antes de proceder con el contenido de la novela, hacer una pequeña mención a su valor como fuente. ¿Qué puede aportar, en este caso, una novela a la historiografía? Si nos remitimos al subtítulo de “Crónica del siglo XIX” que originalmente Stendhal decidió colocar bajo el título de su novela Rojo y negro, evidentemente algo hay que decir desde un punto de vista histórico. Y es que Henri Beyle -el hombre detrás del seudónimo de Stendhal- no sólo logra mostrar con acuciosa minuciosidad el aspecto psicológico característico de cada personaje de su novela, sino que también es un excelente retratista de la sociedad decimonónica francesa.

Tanto en las descripciones de las fiestas y reuniones sociales como en la narración de los arrebatos antisociales del protagonista Julien Sorel, Stendhal nos presenta los complicados sistemas de relaciones de una sociedad en donde la aristocracia y la burguesía luchaban por mantener su estratificación en base al prestigio y el ceremonial cortesano. En este sentido, Rojo y negro es una importante fuente para cualquier análisis histórico y sociológico de la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX, la cual conservaba aún ciertos elementos básicos de distinción propios de la sociedad cortesana dieciochesca. De igual manera, el odio de Julien Sorel hacia el estrato superior de la sociedad francesa de su tiempo no es sino una alegoría del sentimiento de libertad individual que comenzaba a incubarse desde fines del siglo XVIII. Este sentimiento será parte importante del Sturm und Drang y del movimiento romántico europeo, en donde la exaltación del individuo y sus anhelos buscará romper con el convencionalismo exacerbado y con el sentimentalismo fingido de las clases altas.

El protagonista de Rojo y negro puede ser comprendido así como el ícono del idealista revolucionario deseoso de romper con el establishment y de destacar por sus propios méritos dentro de una sociedad que vive de las apariencias y las frivolidades. Para un héroe de novela como Julien Sorel, el principal valor es el deseo de ruptura moral, aun cuando aquello lo lleve en ocasiones a traicionarse a sí mismo y a sus sentimientos. El anhelo de libertad se muestra entonces, a través de la novela, como una válvula de escape al tedio social y a la corrupción que supone un entramado de relaciones humanas basado en la intriga y el engaño, cuyo único objetivo es alcanzar prestigio y poder.

En relación con lo anterior, la función del dinero como nuevo articulador de las relaciones de poder, se presenta ante Sorel como la degradación máxima de una sociedad que ahora cambia el honor y la virtud aristocrática-militar, por aquél que es posible comprar sin mérito personal alguno. Se evidencia entonces una exaltación del héroe, encarnado en la figura de Napoleón, a quien Julien admira secretamente. El combate del protagonista de Rojo y negro se vuelve una búsqueda de nuevos principios, de un orden que aún busca rescatar algunos elementos de la tradición, a pesar del anhelo de superación hacia el futuro. Así pues, como quien espera una edad de oro –o un Napoleón- que rescate lo bueno del mundo que se ha perdido, Julien acaba convirtiéndose, tras su muerte, en un mártir del ideal romántico revolucionario. Condenado por la propia sociedad en la que basó sus ambiciones de poder, y que le permitió trascender su estrato original, Sorel cae en las contradicciones propias de su personalidad y de su época. La maestría de Stendhal al proporcionarnos tal retrato de la Francia de comienzos del siglo XIX es innegable.

Pero no sólo como cuadro de época es que Rojo y negro ostenta el rótulo de clásico. También es una soberbia muestra de una novela psicológica única, en donde cada personaje es trazado por Henri Beyle con una habilidad envidiable. La pasión, el heroísmo, la voluntad y las luchas internas de Julien Sorel contrastan con la inocencia y sinceridad femeninas de la señora de Rênal y con la aparente serenidad aristocrática de Matilde, tras la cual se esconde el deseo de amar, más que a un hombre, a un héroe.
 
Desde esta consideración, nada hay que Stendhal tenga que envidiar de la poética revolucionaria-romántica de Lord Byron, o de la exaltación del héroe que hacen Víctor Hugo y Thomas Carlyle, pues, en cierta forma, Stendhal se ha convertido en un perfecto observador de la sociedad que le rodea, y con ello ha sido capaz de penetrar en la profundidad de la sociedad decimonónica, la cual es plasmada en las páginas de Rojo y negro llegando hasta nosotros, lectores contemporáneos, quienes podemos apreciar en cada una de sus líneas cómo las pasiones e inquietudes del ser humano parecieran mantenerse inmutables en el tiempo. Es aquí donde reside precisamente la naturaleza de un clásico: en que es capaz, mediante su estética y significación, de despertar y motivar al lector a la reflexión en cualquier época que sea leído. En suma, quien lea Rojo y negro podrá no sólo observar el carácter y la sensibilidad de una época en particular, sino que podrá contemplarse a sí mismo como ser humano. He aquí el valor cultural de un clásico de la literatura.

M.R.V.

domingo, 15 de abril de 2012

El espejo del mundo


¿Dónde está ese reflejo?
En la luna, en el sol
¿Cuál es el espejo?
Una mirada, un corazón

Arenas de diamante
Partículas de luz
Ahí está todo instante
En ese calmo déjà vu

¿Un espejo, dices?
Mas yo no veo cristal
Sólo espero que divises
Tu pupila en alta mar

Una risa que se esconde
Un llanto que se rebela
Una sonrisa monocorde
Un suspiro que anhela

En los faros de la ausencia
Una luz es tempestad
Y en el regazo de tu alma
El fin del mundo es vanidad

¿Aún no lo descubres?
Mi tiempo se esfuma
¡Escala ya esas cumbres!
Antes de dormirte en la espuma

El espejo es mi mirada
El espejo es tu perfume
La belleza es el espejo
La tristeza su reflejo
Este verso es alborada
Y este poema lo resume

Es un canto que germina
Un espejo que reluce
La naturaleza dormida
Es un canto que termina
Una voz sin voz que ruge
Es tu alma aquél espejo
Que se oculta tras la mirada
                                                 M.

                                      

domingo, 8 de enero de 2012

Lulunera

Luna del trigal
Luna del brezal
Luna de zorzal
Luna de la mar

Una sombra en la pared
Tu mirada  en el pincel
Un atisbo de este mes
Tu sonrisa en carrusel

En la mar está el ayer
Por las brisas de oropel
Una risa ha de caer
Por tu mirada de papel

Luna de faisán
Luna del rosal
Luna mazapán
Luna lulunar

viernes, 30 de diciembre de 2011

Claro de luna


En larga espera he caído
Mas no tediosa ésta ha sido
Por llevar por delante siempre
A la vida que nunca miente

Pero las esperas a veces cansan
Pues esperar es comenzar a morir
Y si en la ventana las estrellas cantan
Es mejor por otros azares sufrir

Ya en el alba sumergido
Nada hay de qué temer
Ni esperar, ni creerse vencido
Pues ante la vida me las he de haber

Y en el aire, una rosa blanca que vuela
Es un instante que no espera al tiempo
Y es que eres golondrina que sueña
Ante un claro de luna que yo espero

jueves, 22 de diciembre de 2011

Sangre en la mejilla

Y eso... lo típico, la montaña rusa de las emociones... estar bien, mal, alegre, triste, animoso, melancólico... “parezco mina” dirían por ahí (yo mismo lo haría, mejor dicho). Eso tiene una sola razón... ¿Por qué soy yo tan poeta? (a lo Nietzsche)... Tan melancólico, tan etéreo, tan triste, tan gris... tan verde oscuro como mis ojos. Porque me afectan las emociones de los demás, y yo ahí, impertérrito, serio, casi frívolo... tan capricorniano... tan canceriano por dentro, por fuera, maldita sea. Tanta tierra y agua que se me escapa todo, sí, demasiado. Lunatismo. Locura. Quién me manda... Idiota... Río... no, no tiene que ver con agua... ¿o sí? Maldito zodiaco, esoterismo lunático, los fines de año siempre me hacen mal... ¿o bien? El maldito verano. Y pensar que hace un año estaba... sí, lo recuerdo. Una caminata por quién sabe dónde, horas y horas... ¿pies cansados? Para nada, las almas se aligeran con ese viento extraño del verano. Un besito tonto que me descolocó... dos niños jugando a no sé qué. Y sí, las aromáticas noches, ¿cómo olvidarlas? Parece que entre tu inspiración poética y la tuya, prefiero la tuya... ¡Ah! ¿Acertijos en la oscuridad?... sí, con ventilador, teclado y un antifaz. Sin oscuridad. El sombrero otra vez... estás loco duquecito... definitivamente... ¿y qué más da? Ya no espero nada de la vida (cuando pierdes toda fe en la esperanza y viceversa... Wi, messie Camus), es como el Cambalache todo esto ya... un buen tango, ¡vaya que lo disfrutaría! Aunque ya no sé si contigo, contigo o con todas. ¡Pero si nunca lo has bailado, hombre! ¿Y quién dijo que era necesario saber para sentir... para vivir? Mi eterno drama... una comedia, ¿un crucigrama? Una araña en la pared... ¿eras tú la otra vez? Ah, no... ¡Eras ! Tú... tu... tu... tu... ocupado. Cuelga. Hay sangre en su mejilla y no sabe por qué. Una rosa lo había besado.

viernes, 16 de diciembre de 2011

El sombrero metafísico


(Habla el poeta).
¿Y qué es el amor?, nuevamente esa pregunta que me asalta en los momentos en que no pienso en ello. Siempre tan pequeño, siempre tan invisible. Así ha de ser, me dije. ¿Pero es necesario? Es justo y necesario. No, no lo es, y tampoco importa que así sea. Al parecer mi aura sólo brilla para la naturaleza, para las inquietas avecillas que me observan y trinan. Para ese gato de blancas botas y negro sombrero que una noche me preguntó: “¿Estás solo, mi buen amigo? Pues yo también, sólo mírame”. Y entonces yo asentí, porque el idioma universal no necesita de un intérprete, porque espero que tú también lo conozcas, que puedas aprenderlo al menos, como ella no pudo nunca hacerlo. Ni siquiera he podido querer, o bien, digamos, ¿a quién le importa después de todo? Soy invisible en ese sentido.
Ahí está, helo aquí, obsérvenlo: una mirada melancólica y profunda, como escudriñando los secretos del viento; un semblante jovial que esconde una sabiduría de la vida que se burla de lo empírico; una voz a veces algo grave, otras más amable, pero siempre musical; un tranquilo caminar, cuando de verdad es él quien lo hace y no sus preocupaciones; un triste y poético reflejo en su boscoso iris; un planificado alboroto en su cabellera castaña; un hilo de recuerdos en su memoria, y un collage de Cupidos en su corazón. Sí, es él: el hombre del sombrero invisible.
Un sombrero y un bastón, podrían verse a solas tirados en la acera, abandonados como su amable espíritu. Una llama, no es un fuego que queme, es una flamígera vitalidad, una pretensión de, quizás, ser lo que solamente los otros pueden ver de él: una pluma, un tintero y las líneas fluyendo junto a su estético conocimiento, a su filosofía sin palabras, a su historia sin tiempo... a su amor sin amor. El sombrero está colgado, él... alguna vez quizá deseó estarlo, pero claro, era sólo una metáfora, demasiado alegórica para ser poesía. Y entonces, resonó en su cabeza, escogida por el destino, por la voluntad de ese soporte que recibe ahora sus pensamientos y escoge los sonidos que inundan su ser: “Helena está muerta para todos”. Lo sabía, siempre lo supo... pero ahora lo oye; sí, en algún lugar, en algún momento, te veré de nuevo y te encontraré, a ti no, pero al menos a tu volátil resabio de cariño que en otra golondrina se convertirá en amor: somewhere in time, with someone like you... Mejor dejarse llevar por lo dionisíaco de la música, esa música que me arrancó la puerta de la percepción, esa música que se me olvidó, esa poesía que nunca me cantó, al oído tal vez, pero con mucha timidez: somewhere in time... ¿la amaré otra vez? ¿A ella, o a ti? ¿Al pasado o al futuro? ¿A lo que no fue o a lo incierto? El presente, sin duda soy yo, y el “yo” es siempre solitario, pero no triste ni final. ¿He amado alguna vez? Sinceramente, no lo sé... pero, esto es quizá lo que me sostiene, estos signos simbólicos: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”... espero conocer alguna vez, al buen amigo que pronunció estas palabras, quizá en algún teatro del olvido celestial, o en la vuelta de la esquina, pues, ¿sabemos realmente a quién hemos de encontrar? Un sombrero, un castillo y un blasón. Ojalá fueras tú (sí, tú) conquistando mi corazón.
(Silencio).

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Llueve sobre la tinta


Tiempo, escribe la pluma
Tiempo, y la tinta se termina
Quietud, una lágrima dormida
Temblor, una lluvia marina

El tiempo se diluye sobre el papel
El amor quema hasta la piel
A lo lejos una mirada de miel
En mí sólo duele hasta la hiel

Lluvia, sin viento has de caer
Papel, como hojas de otoño has de ceder
Esta vez, la lluvia se desencadena sobre mis pies
Esta vez, esta vez... esta vez

Paraguas sobre la tinta
Truenos en mi alma
Relámpagos en mis ojos
¿Dónde está esa sonrisa distinta?
¿Detrás de un mar en calma?

Llueven lágrimas de hielo
Llueve, aquí, con desconsuelo
Llueve, en el sonido de mi voz
Un suspiro telepático con altavoz

Si supieras, que llueven lágrimas aquí
Si supieras, que tu risa extraño en mí
Si supieras, no lloraría el amor
Porque el amor sólo llora
Cuando mi corazón estalla en dos

por M.