martes, 3 de julio de 2012

El espejo de Argel


Eres la única a la que he amado. Sí, del verbo amar, ese que tan bien tú conoces. Pero no sé si eres o fuiste, no sé si soy o seré. Sólo hay un recuerdo, ese trocito de espejo roto que me regalaste el día en que no te vi más. Dijiste que se te había quebrado, que era una herencia de tu abuela, la que había vivido en Francia y que había tenido un romance con el hijo de Albert Camus. Entonces me contaste la historia. El espejo había pertenecido a Albert, cuando vivía en Argel y era aún un jovencito enfermizo. Pero un buen día se te resbaló de las manos y cayó, hecho pedazos, al igual que mi corazón, el día que me regalaste ese trozo de cristal. Dijiste que me amabas tanto que querías compartir tus siete años de mala suerte conmigo. No creo en supersticiones ridículas, te dije, y me miraste extrañamente, como acostumbran a mirarme todos ahora. Y me dijiste que ya no era el de antes, que ya no te quería, que ni siquiera podía llegar a ser un amigo para ti. Yo me quedé callado, porque no suelo hablar innecesariamente, y porque el silencio es un valor que la vida me ha enseñado. Esa noche me dejaste, para siempre, según dijiste. Pero yo te dije que no, que para siempre no podía ser, que nada era eterno, ni siquiera un adiós, ni siquiera tu adiós. Tomaste tu cartera, esa que yo te había regalado, esa que te gustó tanto, y que tantos besos me valió. Desapareciste entre la gente, como desaparecen la mayoría de las cosas hoy en día, como desaparecen las vidas y las muertes, como se traga el ruido incesante al grito de amor de un pajarito citadino. Y desde ese momento ya no te vi más, ni a ti ni a nadie, ni siquiera a mí mismo.

Hoy se me ocurrió mirar el trocito de espejo, entonces divisé un resplandor verdoso que se me hizo conocido. Era un ojo. Un ojo que no se reconocía a sí mismo, un ojo apartado de su cuerpo, de su alma y de tu amor. Era un ojo solitario, solitario y verde como un bosque del sur. Como no tenía nada más que hacer, pensé en hablarle a aquel espejo y ver qué pasaba. Nunca he creído en nada raro, pero las cosas cambian con el tiempo. ¿Quién eres? Le pregunté al trocito de espejo. Un extraño, respondió el ojo. Entonces pensé que quizá aquel espejo era Camus, que quizá él me hablaba a través de ese ojo verde. Ah, le dije, L’etranger, es evidente. Dime una cosa, ¿qué es para ti el amor? Una tarde de sol en Argel, junto al Mediterráneo azul, respondió. ¿Solo? No. ¿Acompañado de una mujer?, pregunté. María, contestó. ¿La Virgen? Luego de unos instantes de silencio, la voz volvió a hablar. ¿Acaso queda en el mundo algo que permanezca puro? Hay gente que tiene fe, respondí. Y tú, ¿tienes fe? Hace mucho que la perdí, le dije. ¿Cómo se llamaba? Dudé un momento y contesté. Su nombre será lo único que callaré esta vez. ¿Es que acaso tienes fe en el amor?, le dije. Tengo fe en ti, me dijo, en nosotros, en el hombre. Hace mucho que leí tus libros, respondí. No esperes que lo recuerde todo. ¿Qué recuerdas?, preguntó. Un adiós, le dije, un adiós demasiado largo. Pero, ¿terminó? Sí, le dije, terminó. ¿Cómo? Con un ruido, un ruido sordo. Una bala que mató a la eternidad. ¿Dónde está ella?, me preguntó. Se fue, le dije. ¿La amas? Nunca he dejado de hacerlo. ¿La conociste? Eso creí, al menos al principio. Ya debes saberlo entonces, me dijo. Sí, lo sé. Es más fácil matar lo que no se conoce. Y tú, ¿te conoces? No sé de qué hablas, le dije. ¿Ves aquél árbol?, me dijo. Sí, respondí. Ya no queda más que una sola hoja en él. Espera a que caiga, habló la voz. Y así lo sabrás. ¿Saber qué?, dije. Sólo el silencio me habló entonces. Miré de nuevo, ya no había ningún ojo en el espejo. El trocito se había vuelto opaco, y había dos letras escritas en él, pero que eran casi imperceptibles. Entonces lo escuché, junto a lo último que me habías dicho, y recordé. El trozo de espejo fue a parar al suelo. Miré alrededor y contemplé el inmenso mar, coloreado de azul y espuma. El atardecer era perfecto, sólo faltaba María. Pero una voz me interrumpió. Era la voz. Mencionó esas dos palabras cuyas iniciales figuraban en el espejo. Entonces sólo vi paredes blancas a mí alrededor. ¿Ves el árbol?, dijo la voz. Sí, respondí, mirando por la única ventana que había. Pero ya no hay ninguna hoja en él.
M.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Tótem


Caminante en las cortezas de los árboles
Observador en el reflejo níveo de las montañas
Soñador en el vuelo etéreo de un cóndor
Naturaleza que se jacta de riscos y desplomes

Juncos a la vera del camino
Suaves murmullos del azulado cielo
Un fragmento nevado a los pies de mi sombra
Un tótem que se erige sobre el deshielo

Momentos que se diluyen en el tiempo
Tiempo que se disuelve en lo vivido
Un viaje que no sólo deja el espíritu despierto
Pues también es remedio contra el olvido
 
 
                                                           M.

viernes, 20 de abril de 2012

Stendhal: Rojo y negro


En tiempos como el que vivimos, donde las novelas abundan y los segundos dedicados a la lectura escasean, intentar la revisión de una de las obras de Stendhal resulta casi un acto deliberado de academicismo. Convertidas en estatuas de papel, muchas de las obras clásicas parecieran ser patrimonio exclusivo de aquellos dedicados a tareas intelectuales lejanas al común de la sociedad. ¿Cómo volver entonces a valorar los clásicos en un mundo que ofrece tan vasto y variado mercado literario, en el cual todas las preferencias parecieran estar cubiertas? En primer lugar, perder el miedo a la complejidad y la extensión de las obras clásicas es algo primordial. Luego, el descubrimiento de la riqueza de un clásico del canon literario universal no sólo es posible para el literato o el estudioso, sino que también lo es para el lector que no ha perdido aún la capacidad de asombro. Esto situará al lector en una dimensión de provocativa alteridad, la cual lo conducirá a apreciar la amplitud temática y la contingencia de las obras clásicas, cuyo carácter de “clásico” se debe precisamente a que jamás se agota en su contenido, sino que continuamente es susceptible de ser objeto de nuevas e inagotables miradas. 

Rojo y negro, de Stendhal, es una novela que puede ser considerada con toda propiedad como un clásico. Sin embargo, su valor pareciera haberse olvidado, y es recurrente ver a uno de sus ejemplares inclinarse ante el abrumador polvo en algún estante de librería. Si bien es cierto que no es propio de una reseña el convertirse en apología, una defensa objetiva del valor literario de un clásico algo olvidado no me parece que caiga en dicha nomenclatura. Ergo, considero inevitable, antes de proceder con el contenido de la novela, hacer una pequeña mención a su valor como fuente. ¿Qué puede aportar, en este caso, una novela a la historiografía? Si nos remitimos al subtítulo de “Crónica del siglo XIX” que originalmente Stendhal decidió colocar bajo el título de su novela Rojo y negro, evidentemente algo hay que decir desde un punto de vista histórico. Y es que Henri Beyle -el hombre detrás del seudónimo de Stendhal- no sólo logra mostrar con acuciosa minuciosidad el aspecto psicológico característico de cada personaje de su novela, sino que también es un excelente retratista de la sociedad decimonónica francesa.

Tanto en las descripciones de las fiestas y reuniones sociales como en la narración de los arrebatos antisociales del protagonista Julien Sorel, Stendhal nos presenta los complicados sistemas de relaciones de una sociedad en donde la aristocracia y la burguesía luchaban por mantener su estratificación en base al prestigio y el ceremonial cortesano. En este sentido, Rojo y negro es una importante fuente para cualquier análisis histórico y sociológico de la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX, la cual conservaba aún ciertos elementos básicos de distinción propios de la sociedad cortesana dieciochesca. De igual manera, el odio de Julien Sorel hacia el estrato superior de la sociedad francesa de su tiempo no es sino una alegoría del sentimiento de libertad individual que comenzaba a incubarse desde fines del siglo XVIII. Este sentimiento será parte importante del Sturm und Drang y del movimiento romántico europeo, en donde la exaltación del individuo y sus anhelos buscará romper con el convencionalismo exacerbado y con el sentimentalismo fingido de las clases altas.

El protagonista de Rojo y negro puede ser comprendido así como el ícono del idealista revolucionario deseoso de romper con el establishment y de destacar por sus propios méritos dentro de una sociedad que vive de las apariencias y las frivolidades. Para un héroe de novela como Julien Sorel, el principal valor es el deseo de ruptura moral, aun cuando aquello lo lleve en ocasiones a traicionarse a sí mismo y a sus sentimientos. El anhelo de libertad se muestra entonces, a través de la novela, como una válvula de escape al tedio social y a la corrupción que supone un entramado de relaciones humanas basado en la intriga y el engaño, cuyo único objetivo es alcanzar prestigio y poder.

En relación con lo anterior, la función del dinero como nuevo articulador de las relaciones de poder, se presenta ante Sorel como la degradación máxima de una sociedad que ahora cambia el honor y la virtud aristocrática-militar, por aquél que es posible comprar sin mérito personal alguno. Se evidencia entonces una exaltación del héroe, encarnado en la figura de Napoleón, a quien Julien admira secretamente. El combate del protagonista de Rojo y negro se vuelve una búsqueda de nuevos principios, de un orden que aún busca rescatar algunos elementos de la tradición, a pesar del anhelo de superación hacia el futuro. Así pues, como quien espera una edad de oro –o un Napoleón- que rescate lo bueno del mundo que se ha perdido, Julien acaba convirtiéndose, tras su muerte, en un mártir del ideal romántico revolucionario. Condenado por la propia sociedad en la que basó sus ambiciones de poder, y que le permitió trascender su estrato original, Sorel cae en las contradicciones propias de su personalidad y de su época. La maestría de Stendhal al proporcionarnos tal retrato de la Francia de comienzos del siglo XIX es innegable.

Pero no sólo como cuadro de época es que Rojo y negro ostenta el rótulo de clásico. También es una soberbia muestra de una novela psicológica única, en donde cada personaje es trazado por Henri Beyle con una habilidad envidiable. La pasión, el heroísmo, la voluntad y las luchas internas de Julien Sorel contrastan con la inocencia y sinceridad femeninas de la señora de Rênal y con la aparente serenidad aristocrática de Matilde, tras la cual se esconde el deseo de amar, más que a un hombre, a un héroe.
 
Desde esta consideración, nada hay que Stendhal tenga que envidiar de la poética revolucionaria-romántica de Lord Byron, o de la exaltación del héroe que hacen Víctor Hugo y Thomas Carlyle, pues, en cierta forma, Stendhal se ha convertido en un perfecto observador de la sociedad que le rodea, y con ello ha sido capaz de penetrar en la profundidad de la sociedad decimonónica, la cual es plasmada en las páginas de Rojo y negro llegando hasta nosotros, lectores contemporáneos, quienes podemos apreciar en cada una de sus líneas cómo las pasiones e inquietudes del ser humano parecieran mantenerse inmutables en el tiempo. Es aquí donde reside precisamente la naturaleza de un clásico: en que es capaz, mediante su estética y significación, de despertar y motivar al lector a la reflexión en cualquier época que sea leído. En suma, quien lea Rojo y negro podrá no sólo observar el carácter y la sensibilidad de una época en particular, sino que podrá contemplarse a sí mismo como ser humano. He aquí el valor cultural de un clásico de la literatura.

M.R.V.

domingo, 15 de abril de 2012

El espejo del mundo


¿Dónde está ese reflejo?
En la luna, en el sol
¿Cuál es el espejo?
Una mirada, un corazón

Arenas de diamante
Partículas de luz
Ahí está todo instante
En ese calmo déjà vu

¿Un espejo, dices?
Mas yo no veo cristal
Sólo espero que divises
Tu pupila en alta mar

Una risa que se esconde
Un llanto que se rebela
Una sonrisa monocorde
Un suspiro que anhela

En los faros de la ausencia
Una luz es tempestad
Y en el regazo de tu alma
El fin del mundo es vanidad

¿Aún no lo descubres?
Mi tiempo se esfuma
¡Escala ya esas cumbres!
Antes de dormirte en la espuma

El espejo es mi mirada
El espejo es tu perfume
La belleza es el espejo
La tristeza su reflejo
Este verso es alborada
Y este poema lo resume

Es un canto que germina
Un espejo que reluce
La naturaleza dormida
Es un canto que termina
Una voz sin voz que ruge
Es tu alma aquél espejo
Que se oculta tras la mirada
                                                 M.

                                      

domingo, 8 de enero de 2012

Lulunera

Luna del trigal
Luna del brezal
Luna de zorzal
Luna de la mar

Una sombra en la pared
Tu mirada  en el pincel
Un atisbo de este mes
Tu sonrisa en carrusel

En la mar está el ayer
Por las brisas de oropel
Una risa ha de caer
Por tu mirada de papel

Luna de faisán
Luna del rosal
Luna mazapán
Luna lulunar

viernes, 30 de diciembre de 2011

Claro de luna


En larga espera he caído
Mas no tediosa ésta ha sido
Por llevar por delante siempre
A la vida que nunca miente

Pero las esperas a veces cansan
Pues esperar es comenzar a morir
Y si en la ventana las estrellas cantan
Es mejor por otros azares sufrir

Ya en el alba sumergido
Nada hay de qué temer
Ni esperar, ni creerse vencido
Pues ante la vida me las he de haber

Y en el aire, una rosa blanca que vuela
Es un instante que no espera al tiempo
Y es que eres golondrina que sueña
Ante un claro de luna que yo espero

jueves, 22 de diciembre de 2011

Sangre en la mejilla

Y eso... lo típico, la montaña rusa de las emociones... estar bien, mal, alegre, triste, animoso, melancólico... “parezco mina” dirían por ahí (yo mismo lo haría, mejor dicho). Eso tiene una sola razón... ¿Por qué soy yo tan poeta? (a lo Nietzsche)... Tan melancólico, tan etéreo, tan triste, tan gris... tan verde oscuro como mis ojos. Porque me afectan las emociones de los demás, y yo ahí, impertérrito, serio, casi frívolo... tan capricorniano... tan canceriano por dentro, por fuera, maldita sea. Tanta tierra y agua que se me escapa todo, sí, demasiado. Lunatismo. Locura. Quién me manda... Idiota... Río... no, no tiene que ver con agua... ¿o sí? Maldito zodiaco, esoterismo lunático, los fines de año siempre me hacen mal... ¿o bien? El maldito verano. Y pensar que hace un año estaba... sí, lo recuerdo. Una caminata por quién sabe dónde, horas y horas... ¿pies cansados? Para nada, las almas se aligeran con ese viento extraño del verano. Un besito tonto que me descolocó... dos niños jugando a no sé qué. Y sí, las aromáticas noches, ¿cómo olvidarlas? Parece que entre tu inspiración poética y la tuya, prefiero la tuya... ¡Ah! ¿Acertijos en la oscuridad?... sí, con ventilador, teclado y un antifaz. Sin oscuridad. El sombrero otra vez... estás loco duquecito... definitivamente... ¿y qué más da? Ya no espero nada de la vida (cuando pierdes toda fe en la esperanza y viceversa... Wi, messie Camus), es como el Cambalache todo esto ya... un buen tango, ¡vaya que lo disfrutaría! Aunque ya no sé si contigo, contigo o con todas. ¡Pero si nunca lo has bailado, hombre! ¿Y quién dijo que era necesario saber para sentir... para vivir? Mi eterno drama... una comedia, ¿un crucigrama? Una araña en la pared... ¿eras tú la otra vez? Ah, no... ¡Eras ! Tú... tu... tu... tu... ocupado. Cuelga. Hay sangre en su mejilla y no sabe por qué. Una rosa lo había besado.

viernes, 16 de diciembre de 2011

El sombrero metafísico


(Habla el poeta).
¿Y qué es el amor?, nuevamente esa pregunta que me asalta en los momentos en que no pienso en ello. Siempre tan pequeño, siempre tan invisible. Así ha de ser, me dije. ¿Pero es necesario? Es justo y necesario. No, no lo es, y tampoco importa que así sea. Al parecer mi aura sólo brilla para la naturaleza, para las inquietas avecillas que me observan y trinan. Para ese gato de blancas botas y negro sombrero que una noche me preguntó: “¿Estás solo, mi buen amigo? Pues yo también, sólo mírame”. Y entonces yo asentí, porque el idioma universal no necesita de un intérprete, porque espero que tú también lo conozcas, que puedas aprenderlo al menos, como ella no pudo nunca hacerlo. Ni siquiera he podido querer, o bien, digamos, ¿a quién le importa después de todo? Soy invisible en ese sentido.
Ahí está, helo aquí, obsérvenlo: una mirada melancólica y profunda, como escudriñando los secretos del viento; un semblante jovial que esconde una sabiduría de la vida que se burla de lo empírico; una voz a veces algo grave, otras más amable, pero siempre musical; un tranquilo caminar, cuando de verdad es él quien lo hace y no sus preocupaciones; un triste y poético reflejo en su boscoso iris; un planificado alboroto en su cabellera castaña; un hilo de recuerdos en su memoria, y un collage de Cupidos en su corazón. Sí, es él: el hombre del sombrero invisible.
Un sombrero y un bastón, podrían verse a solas tirados en la acera, abandonados como su amable espíritu. Una llama, no es un fuego que queme, es una flamígera vitalidad, una pretensión de, quizás, ser lo que solamente los otros pueden ver de él: una pluma, un tintero y las líneas fluyendo junto a su estético conocimiento, a su filosofía sin palabras, a su historia sin tiempo... a su amor sin amor. El sombrero está colgado, él... alguna vez quizá deseó estarlo, pero claro, era sólo una metáfora, demasiado alegórica para ser poesía. Y entonces, resonó en su cabeza, escogida por el destino, por la voluntad de ese soporte que recibe ahora sus pensamientos y escoge los sonidos que inundan su ser: “Helena está muerta para todos”. Lo sabía, siempre lo supo... pero ahora lo oye; sí, en algún lugar, en algún momento, te veré de nuevo y te encontraré, a ti no, pero al menos a tu volátil resabio de cariño que en otra golondrina se convertirá en amor: somewhere in time, with someone like you... Mejor dejarse llevar por lo dionisíaco de la música, esa música que me arrancó la puerta de la percepción, esa música que se me olvidó, esa poesía que nunca me cantó, al oído tal vez, pero con mucha timidez: somewhere in time... ¿la amaré otra vez? ¿A ella, o a ti? ¿Al pasado o al futuro? ¿A lo que no fue o a lo incierto? El presente, sin duda soy yo, y el “yo” es siempre solitario, pero no triste ni final. ¿He amado alguna vez? Sinceramente, no lo sé... pero, esto es quizá lo que me sostiene, estos signos simbólicos: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”... espero conocer alguna vez, al buen amigo que pronunció estas palabras, quizá en algún teatro del olvido celestial, o en la vuelta de la esquina, pues, ¿sabemos realmente a quién hemos de encontrar? Un sombrero, un castillo y un blasón. Ojalá fueras tú (sí, tú) conquistando mi corazón.
(Silencio).

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Llueve sobre la tinta


Tiempo, escribe la pluma
Tiempo, y la tinta se termina
Quietud, una lágrima dormida
Temblor, una lluvia marina

El tiempo se diluye sobre el papel
El amor quema hasta la piel
A lo lejos una mirada de miel
En mí sólo duele hasta la hiel

Lluvia, sin viento has de caer
Papel, como hojas de otoño has de ceder
Esta vez, la lluvia se desencadena sobre mis pies
Esta vez, esta vez... esta vez

Paraguas sobre la tinta
Truenos en mi alma
Relámpagos en mis ojos
¿Dónde está esa sonrisa distinta?
¿Detrás de un mar en calma?

Llueven lágrimas de hielo
Llueve, aquí, con desconsuelo
Llueve, en el sonido de mi voz
Un suspiro telepático con altavoz

Si supieras, que llueven lágrimas aquí
Si supieras, que tu risa extraño en mí
Si supieras, no lloraría el amor
Porque el amor sólo llora
Cuando mi corazón estalla en dos

por M.

jueves, 24 de noviembre de 2011

La muchacha del mar


En una pintura azul te conocí
O quizá era el reflejo de tu aura que imaginé así
De todos modos jamás te encontré
Y a la tierra de mis inicios tuve que volver

Sólo recuerdo tu silueta recortada por la arena
Una postal que hacía invisible el horizonte
Princesa ondeante bajo una brisa pasajera
Únicamente tu sonrisa se grabó en mi mente

Pero el mar era tu hogar y allí te quedaste
Y a ser marinero a mí me desafiaste
Pero no había nada detrás del horizonte
Sólo mi mirada que no alcanzó para encantarte

Y así, entre la bruma y las blancas aves marinas
Tu silueta se perdió, se desvaneció y ya no volvió
Como un sueño se quebró, y sólo una cosa quedó
El sonido del mar, de las gaviotas y de tu voz
          por M.

La sociedad barroca y el lenguaje de las imágenes

    
     Comprender a cabalidad los sucesos y fenómenos acontecidos entre fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVIII es, sin duda, una ardua tarea. Pues no se trata sólo de obtener conclusiones de aquel período de tiempo, sino que de sumergirse en una época sumamente compleja, en un mundo intrincado, donde chocan diversas tendencias y abundan los conflictos. Pero, ¿es posible lograr una comprensión del Barroco si sólo se toman en cuenta los conflictos y las tendencias? Quizás sí. Pero, ¿en dónde queda lo relacionado más íntimamente con la sociedad de la época? En el presente ensayo abordaremos precisamente el tema de la sociedad como elemento fundamental para comprender mejor la época barroca. Nos internaremos en la mentalidad y estilo de vida de la nobleza, de la burguesía y de las clases populares, las que conoceremos también a través de las imágenes presentes en la cultura popular, que nos entregan valiosa información acerca de los actores de la sociedad barroca. Veremos cómo se expresa la crítica social a través del lenguaje de las imágenes y cómo éstas a la vez reflejan la contradicción propia del barroco, atrapado entre la novedad y la tradición. Pero quizá el lector se pregunte ¿cuál es el real valor de las imágenes como herramienta para comprender la sociedad barroca, sus características, sus diferencias, y su visión de conjunto? Responder a esta interrogante es justamente el propósito de las líneas siguientes.

   ¿Cómo estaba conformada la sociedad barroca? En realidad, no había cambiado mucho en relación al período anterior, al menos en el sentido de que seguía siendo una sociedad estratificada y con escasa movilidad social. Así pues, en la sociedad del Barroco encontramos, a grandes rasgos: a la nobleza o aristocracia, a la burguesía o clase media, y a las clases populares o bajo pueblo, representado por el campesinado y la plebe urbana. Pero no todo seguía siendo como en el Renacimiento, pues se estaban produciendo importantes cambios en el interior de las tres clases que acabamos de nombrar.

   El seno de la nobleza de las monarquías europeas estaba representado por el rey y su corte. Es en este espacio social donde se comienzan a configurar una serie de cambios producto de las nuevas motivaciones y tendencias, de las cuales la que tendrá mayores repercusiones será el desarrollo del lujo. El lujo es por naturaleza cortesano y aristocrático, pues nace en el contexto social de la corte y será lo que determinará el tono de la vida de la nobleza de la época, el que marcará su carácter e imagen. Los vetustos castillos y los descuidados palacios darán paso a una estética renovada imbuida del “culto al lujo”, así como también lo hará la moda, cuya figura propagadora será fundamentalmente la de la mujer. Pero también, una vez que “el culto al lujo” se ha establecido, otros actores de la sociedad querrán ostentarlo con el fin de imitar el modelo de la nobleza y de la corte del monarca. Según Werner Sombart: “Una vez que en una época determinada existe el lujo, vienen múltiples causas a colaborar a su exaltación: ambición, anhelo de ostentación, orgullo, afán de poderío; en una palabra, el deseo de figurar en primera línea, de anteponerse a los demás”.[1]

   De este modo, el lujo se propagó paulatinamente por todas las clases sociales que veían en la corte su ideal de vida. Todas las personas de posición y las gentes ricas fueron acometidas por el afán de pompa mundana que predominaba en las cortes.[2] Así pues, la aristocracia era imitada por la burguesía, por aquellos “nuevos ricos” que durante aquella época, y gracias al dinero, irán ascendiendo en la escala social hasta posicionarse al nivel de la nobleza. La imitación del modelo aristocrático es uno de los rasgos característicos de la burguesía durante el Barroco. Pero la burguesía, aunque buscara asemejarse a la nobleza, era diferente, y una de estas diferencias radicaba en la familia. Pues a diferencia de la familia aristocrática, obsesionada por el honor y el linaje, e imbuida de una virtud heroica, la familia burguesa se remitía más a la unidad nuclear, a la concepción del hogar como unidad reducida y central, como una entidad de carácter doméstico.[3] Cabe destacar además que, al encontrarse en el estrato medio de la sociedad, la burguesía temía descender en la escala social, por ello, su comportamiento debía estar de acuerdo con lo que la clase dominante esperaba de ellos y, en su mentalidad, ensalzaban un ideal de virtud y determinados valores, tales como la piedad, la sobriedad y la espontánea aceptación de responsabilidades; esto la diferenciaba de la clase baja (representada como promiscua y no virtuosa) y a la vez, cumplía con las expectativas del “buen vivir” o del “buen ciudadano”.[4]

   Al encontrarse en el medio del espectro social, la burguesía era objeto de crítica por parte de la nobleza, cuya imagen del burgués era la de alguien ridículo, de malos modales y que en general era visto con mofa y desdén. Otra imagen negativa de la burguesía era la que daba cuenta de que eran: un “grupo de trepadores sociales” y codiciosos, tal como los caracterizó Molière en su personaje Georges Dandin. Para la clase popular el burgués estaba asociado a la imagen del “jefe”.[5]

   En cuanto a la plebe urbana y campesina, su percepción del resto de la sociedad se expresa aún de forma más notoria en el lenguaje de las imágenes. La cultura popular fue fundamentalmente de carácter oral, aunque también hubo una literatura popular impresa, a la que contribuyó sobremanera la literatura novelesca.[6] Era propagada por cantantes, poetas y actores. En ella, el género de la épica tenía un rol muy importante, pues los héroes que presentaba eran modelos de virtud para la sociedad.[7] Así, la cultura popular desarrolló todo un imaginario acerca de las figuras de la sociedad barroca basado en estereotipos medievales y renacentistas. Tenemos así, cuatro tipos de imágenes correspondientes al héroe: el santo, el guerrero, el gobernante y el marginado. Los distintos prototipos podían variar y adaptarse a las nuevas circunstancias, por ejemplo, el caballero medieval se transformó en un general.[8] Estas imágenes expresaban la forma en que el bajo pueblo veía a la sociedad. La imagen del gobernante era asociada a la de reyes emblemáticos como Carlomagno o Ricardo Corazón de León y encarnaban una serie de virtudes propias de estas figuras mitificadas: como el valor, la justicia y la sabiduría. Estos modelos sirvieron para que los buenos gobernantes de la época ocuparan el lugar de aquellos estereotipos y fueran vistos como nuevos héroes populares. En general, si un monarca no contaba con estas virtudes propias de la imagen del gobernante, el rey anterior era ensalzado y se comparaban ambos reinados como forma de crítica al mal gobernante actual.

   La nobleza, para el pueblo, representaba la imagen que se identificaba con la figura del caballero, todo un héroe popular. De este modo se veían en la nobleza las características de Rolando o del Cid, cuyos valores eran el honor, la voluntad guerrera y el poder. Lo mismo sucedía con el clero, identificado con la imagen del santo, la cual muchas veces se fusionaba con la del caballero, como sucedió con la figura de San Jorge. Pero no sólo existían imágenes positivas, también existía la imagen del noble traidor o del sacerdote sin virtud.[9]

   Los marginados, como por ejemplo los bandidos, tenían para el pueblo una imagen diferente a la que tenían para el resto de la sociedad. En muchas leyendas, estos proscritos eran los encargados de enderezar todo lo que se encontraba torcido, así por ejemplo, Robin Hood robaba a los ricos para entregar el dinero a los pobres, pero no sólo eso, su figura estaba rodeada de un halo caballeresco, pues poseía virtudes propias de la imagen del héroe. Sin embargo, no todos los marginados eran vistos así. Pues la gente necesitaba figuras a las que odiar (como brujas, turcos o judíos); sobre los que desplazar la hostilidad generada por las tensiones internas de la comunidad. Necesitaban de ocasiones más o menos regulares, en las que poder expresar esta hostilidad y aliviar la tensión.[10] Y esta instancia se daba manifiestamente en el carnaval. Éste representaba una instancia donde todo lo habitualmente prohibido se permitía. Todo era posible bajo aquellas máscaras con las cuales se asistía al carnaval. Era una forma de evadirse, una “válvula de escape” por donde salía toda la tensión que la sociedad había acumulado; pero también, resultaba una forma de expresión social y una forma de expresar los descontentos. Por ello, las clases dominantes se preocupaban de mantener la tradición, como una forma de mantener tranquila a la población, pues durante el carnaval todo era permitido, los roles se cambiaban y el mundo ya no era mundo, era el mundo al revés; expresión máxima de la cultura popular durante el Barroco.

   Ahora, luego de todo lo expuesto en las líneas precedentes, es posible que el lector haya llegado a encontrar la respuesta a la pregunta inicial. Respuesta que por lo demás, radica en todo aquello que es posible descubrir mediante el lenguaje de las imágenes y la comprensión de la sociedad. De esta manera la sociedad barroca en todo su abundante imaginario nos ha entregado las claves para comprender algo que no era posible vislumbrar a simple vista. Hemos descubierto el trasfondo de un período que va más allá de las esferas del pensamiento, la religión o los conflictos políticos. Una época en la que el hombre comienza a cambiar su rumbo en la historia. Pues si bien el Barroco es aún un mundo de transición, ya se vislumbra en él, el comienzo de una época nueva, los orígenes del hombre que llegará a la edad contemporánea. El “hombre barroco”, en su búsqueda constante, en su ir y venir entre tradición y novedad, dio el impulso necesario para que en la historia apareciera “el hombre moderno”.

por M. 


[1] Sombart, Werner, Lujo y Capitalismo, Alianza Editorial, Madrid, 1979, Pág. 65.
[2] Ibid., Pág. 83.
[3] Cf. James S. Amelang, “El Burgués”, en Rosario Villari (ed.), El Hombre Barroco, Alianza Editorial, Madrid, 1992, Pág. 391.
[4] Cf. Ibid; Págs. 392 - 397.
[5] Cf. Ibid; Págs. 378, 389.
[6] Cf. Tenenti, Alberto, La Edad Moderna: siglos XVI-XVIII, editorial Crítica, Barcelona, 2000, Pág. 209.
[7] Cf. Hazard, Paul, La Crisis de la Conciencia Europea, Ediciones Pegaso, Madrid, 1945, Pág. 328.
[8] Cf. Burke, Peter, La Cultura Popular en la Edad Moderna, Alianza Editorial, Madrid, 2005, Págs. 220, 221.
[9] Cf. Ibid; Págs. 221 – 240.
[10] Cf. Ibid; Págs. 240, 242, 256.

domingo, 16 de octubre de 2011

Cosmovisiones del mundo antiguo: Idea de existencia en Oriente

           
            Intentar un recorrido a través de las culturas antiguas buscando el concepto de existencia allí presente, conduce, inevitablemente, a una exposición – que en este caso no pretende ser exhaustiva - de las religiones de dichas culturas, puesto que el pensamiento es indisociable de la religión cuando hablamos de culturas antiguas, o “culturas pre-lógicas”.

            Muchos antropólogos estructuralistas se han dedicado al estudio de las religiones y los modos de ser de las culturas antiguas, baste citar a Claude Lévi-Strauss, James Frazer o Mircea Eliade. Es precisamente una obra de este último, la Historia de las creencias religiosas, un increíble afán de describir cada una de las religiones antiguas y sus particularidades – mención aparte, por supuesto, para La Rama Dorada de James Frazer. En otro trabajo (Lo sagrado y lo profano), Eliade trata acerca de la diferencia entre estos dos conceptos. Para ello, los sitúa en el contexto de cada una de las culturas, aunque claro está, existe un modelo determinado al cual se ciñe la mayoría, por no decir todas, las culturas antiguas, puesto que responden a este “carácter estructural”.

            La importancia del mito – el cual funciona como el elemento que explica la realidad – se conjuga con la trascendencia del rito. Mito y rito son parte constituyente de la cosmovisión de las culturas antiguas, a través del rito el mito adquiere su re-significación. Es el rito el que actualiza el mito, y por tanto, sustenta y garantiza la continuidad, la renovación del mundo en la repetición arquetípica del acto cosmogónico de fundación[1].

            De lo anterior se deriva una concepción cíclica del tiempo, la cual está presente en todas las culturas prelógicas. Según esta concepción, se vive siempre en un tiempo primordial (in illo tempore), es decir, no existe una proyección temporal lineal o histórica, sino que el tiempo es esencialmente a-histórico. De aquí entonces la importancia del rito que reactualiza el acto cosmogónico de la creación, puesto que así, el mundo se re-crea constantemente, volviendo a su perfectibilidad inicial, al que tenía lugar en el tiempo primordial[2].

            Más allá de la brevedad de los argumentos recientes, podemos ahora, una vez que ya tenemos un determinado marco conceptual, entrar en lo que pudo significar la idea de existencia para las culturas antiguas. En primer lugar, como ya vimos, existe una “ley cósmica” universal que rige todo acto en la vida, puesto que todo está dispuesto según la creación, y la relación mito-rito. En este sentido, no podemos entender “existencia” de la forma que lo definimos en un comienzo, puesto que cada individuo funcionaba en función de su comunidad, por tanto, la existencia no era algo individual, sino social.

            En Oriente (India, China y Japón) la existencia humana estaba vinculada de modo completo al “eterno fluir cósmico”, sujeta a las leyes insondables del Universo. En la India, el hinduismo primitivo configuraba un mundo totalmente estructurado, que funcionaba en perfecta concordancia con el Cosmos. Las prácticas rituales – introducidas en su mayoría durante la etapa brahmánica – recreaban y repetían los modelos arquetípicos divinos, conformando así, un modus vivendi determinado y universal.

            Sin pretensión de entrar en detalles, el hinduismo concebía el mundo como una unidad absoluta, pero una “unidad de los opuestos”. Así, por ejemplo, esta polaridad se expresaba en las divinidades Vishnu y Shiva, una de carácter creador y la otra de naturaleza destructora. Tanto la creación como la destrucción eran necesarias - más bien, ambas estaban presentes siempre en la naturaleza -, era  una ley cósmica que permitía la continuidad de la vida. Brahma, el Único, era, más que una divinidad, la idea metafísica del Cosmos mismo. En “él” no es que estuviera todo, “él” lo era todo, estaba presente en todo (Mahatman: “la gran alma”) y todo estaba en “él”. La vida terrenal estaba cubierta por el velo de maya,  lo aparente y mutable, superar este velo era el camino de la liberación (moksha) y la final unidad – luego del ciclo de reencarnaciones: Samsara – con el Uno-Absoluto, la Verdad, el Origen.

            Desde esta perspectiva, en el hinduismo, la existencia humana era un curso, un camino que, bien llevado[3], conducía a la unión final con el Ser (es decir, con el Todo-Uno). La existencia estaba así determinada por la reencarnación correspondiente y, dependiendo del accionar, podía llegarse a un nivel superior – hay que agregar, que es bastante probable que estas ideas llegasen hasta Platón, producto de las influencias de Oriente en las colonias griegas de Egipto y Asia Menor. Ser suponía existir y viceversa, no había contradicción, la conciencia era un estado pasajero cuyo fin era la vuelta al Origen, a aquél estado perfecto de las cosas al momento del acto cosmogónico. La existencia del hombre estaba ligada a la ley cósmica.

            En China y Japón la existencia también estaba ligada al Cosmos, no existía una ley moral diferente para el ser humano. Lo que “era arriba” tenía que “ser abajo” y eso era ley del Universo (macrocosmos y microcosmos). El taoísmo establecía una concepción temporal “ondulante”, el tiempo era flujo. El Cosmos y los seres que de él participaban se movían a un ritmo determinado. La unidad de los opuestos estaba también representada en los principios del yin y el yang.

            La revisión de otras culturas antiguas (como las americanas, por ejemplo) no nos llevaría a conclusiones diferentes, ya que el hombre arcaico – si aceptamos las tesis y los diversos estudios antropológicos – compartía una cosmovisión similar con la presencia de ciertos elementos arquetípicos y simbólicos comunes en cuanto a su significado religioso[4].

            En resumen, no existe una idea de conciencia individual propiamente tal en estas culturas, y por ende, no podemos hablar de una idea de existencia enfocada en el sujeto. Sin embargo, como vimos, sí existe una concepción y una convicción de que se existe en tanto se participa del Cosmos y su ley, por lo tanto, podemos decir que existía una idea de existencia vital, social y universal. La existencia humana no podía disociarse del mundo, pues el hombre era parte de éste, de ahí las ideas de reciprocidad y las prácticas rituales, entre otras, que permitían un constante “rehacer el equilibrio cósmico”, un “abuenarse” con el Mundo y sus potencias.

por M. 


[1] Véase, por ejemplo: Mito y Realidad de Eliade.
[2] Un texto que aclara de modo notable esta temática es El mito del eterno retorno: arquetipos y repetición de Mircea Eliade.
[3] Para este respecto véase el Bhagavad Ghita. Importantes son en este caso los conceptos de karma y dharma (o “acción consagrada”).
[4] Es interesante aludir aquí a C. G. Jung y su teoría del inconsciente colectivo, la cual establece la presencia de elementos simbólicos de carácter universal presentes en la estructura antropológica del hombre. Así, por ejemplo, los mitos estarían sustentados en la actividad onírica, es decir, en los sueños, que es donde se manifiesta el inconsciente.

domingo, 9 de octubre de 2011

Last Night in London

Last Night in London


            Las nubes desfilan frente a la Torre del Reloj. Un capuchino se enfría sobre la mesa.

-         A coffee? Why? – me pregunta Mc Allister, sin duda sorprendido al ver el capuchino.

-         Cos’ I want it... that’s all – respondí, mirando las extrañas formas que tomaban las nubes a esa hora de la tarde.

-         Oh... well... you know what you do... I guess – soltó el escocés, un tanto malhumorado.

            Eran las cinco y treinta. Nada hacía presagiar que se avecinarían sucesos tan extraños. Después de todo, las tardes londinenses son siempre tranquilas y flemáticas.

-         Why didn’t you advice me that “Knifelover” would come here tonight? – inquirío McAllister.

-         That’s my business – respondí, mientras saboreaba el café distraídamente.

-         I’m leaving – dijo el escocés, y me dejó unas llaves sobre la mesa – Call me if you need it. Farewell!


            Me quedé solo en la mesa. Sobre mi cabeza, un letrero con sinuosas letras indicaba: “Thames Coffee”. Reí. Qué extraña ocurrencia la mía no haber pedido un té. Después de todo estaba en Inglaterra. Recordé: “Call me if you need it”... sin duda ese escocés quiso gastarme una broma. Pagué la cuenta, me levanté de la silla y me dirigí al automóvil que estaba aparcado a unas dos calles del lugar.

            La tarde se volvía tétrica. La temperatura había bajado considerablemente y la niebla había entrado sin el permiso de nadie. El coche negro estaba estacionado allí, frente al hotel. Algo parecía no estar del todo bien... algo extraño había en esa neblina.  ¿Sería acaso mi última noche en Londres?

            Me disponía a girar la llave en la cerradura cuando una mano se posó con suavidad sobre mi hombro.

            - No andarás en malos pasos... ¿o sí, mi querido Leonardo? – dijo una voz femenina a mis espaldas.

            Saqué la llave, la metí en mi bolsillo y volteé. Debí suponerlo... me dije a mí mismo. Sonreí, me arreglé el cabello y dije con tono arrogante:

-         Mis asuntos nunca son buenos o malos, simplemente son mis asuntos. No hay de qué preocuparse, Gabrielle.

-     No mientas, mon amour – espetó ella.

            La había conocido hace unos años en México mientras arreglaba unos pequeños líos en Acapulco. Gabrielle Dacourt era su nombre. Su fama de femme fatale la hacía muy conocida entre los caballeros más adinerados de los lugares que ella había frecuentado, los cuales no eran para nada pocos. Al contrario, Gabrielle, nacida en Marsella, había vivido tres años en Buenos Aires, cinco en Ciudad de México, cuatro en Milán y seis en Lisboa. Sin duda que la actividad que más había practicado en sus veintisiete años era viajar.

            Se presentaba ante mí con esa sonrisa burlona que tanto la caracterizaba, ese aire orgulloso y ese traje negro confeccionado según todos los cánones de moda parisinos. Su cabello ondulado le llegaba poco más allá de los blancos hombros, su mano, que aún se mantenía posada sobre mi hombro, conservaba aquél anillo de diamantes que tantas amarguras me ocasionó.

-         Así que en Londres... eres muy predecible en ocasiones, Leonardo – me dijo.

-         Preferiría que me llamaras Mr. O’Connor – le dije, bajando la voz.

-         Creo que ya no es necesario que utilices seudónimos, Mister De la Riva – dijo Gabrielle, sonriendo de modo triunfal – Knifelover lo sabe todo.

            En ese instante, la puerta del hotel se abrió. Un hombre alto y delgado ataviado con una gabardina negra sacó un revólver de la nada y me apuntó con gesto decidido.

            - Too late – dijo el misterioso hombre.

            Y se oyó un disparo...

            -- º --

            La habitación 129 del hotel estaba vacía, no había ningún rastro.

-         Knifelover escapó – comenté entre dientes - ¡Maldición! ¡¡Escapó!!

-         Sí... no pude evitarlo – dijo Mc Allister en su decente, pero a la vez deficiente, español.

            El escocés se había quitado la gabardina y su revólver yacía sobre la mesita de entrada, sin balas, pues la última no había dado en el blanco. Gabrielle había escapado delante de mis narices y en mi automóvil, que ahora lucía un impacto de bala sobre la puerta trasera. Mc Allister intentó desinflar el neumático delantero izquierdo para impedir que escapara, pero falló.

-         Nunca imaginé que Knifelover fuese una mujer... y menos que se tratara de Gabrielle Dacourt – dije soltando mis palabras al aire artificialmente aromatizado de la habitación.

-         Oh, that woman – soltó Mc Allister – She’s a rare beauty, but...


-         I know it – lo corté. No había tiempo para conversaciones triviales. El tiempo se acababa. Había que encontrar el paradero de Gabrielle.

            Maldita mujer, pensé. No era la primera vez que se atravesaba en mi camino. Alguna vez la había amado. La amé con pasión, y ella me correspondió. Pero eso era parte del pasado.

            Eran las ocho. La niebla había dado paso a una persistente llovizna. La persecución comenzaba.

-         To the airport – ordenó Mc Allister.

-         No – respondí fríamente – She couldn’t take that way. She’s clever... but I know her.

            Nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad y esperamos, ocultos en la oscuridad.


            Así que había sido ella. Ella robó el valioso rubí del magnate más influyente de Londres. Gabrielle había alquilado esa habitación en el hotel, había embaucado al verdadero Knifelover, quien no pudo resistirse a sus encantos, despachándolo del hotel con las manos vacías y luego se había presentado ante mí.

            Un BMW de color blanco se estacionó cerca de nuestro escondite. Una mujer joven, cuya figura me resultaba extrañamente conocida descendió del vehículo, sacó un cigarrillo y se dispuso a esperar a alguien bajo la llovizna.

            Mi Audi negro apareció en la penumbra. Se detuvo al lado del BMW. Gabrielle bajó del auto, sonrió y se dirigió a la mujer desconocida, que ya había terminado de fumar.

-         Gracias – le dijo a la mujer del BMW.

-         No te preocupes, nuestro cómplice está aparcado cerca de aquí. Está oculto – respondió la misteriosa mujer.

            Caminaron hacia nosotros. Entonces, la mujer del BMW hizo un gesto que comprendí de inmediato. Miré a McAllister, el cual asintió con la cabeza, y en unos pocos segundos tuvimos a Gabrielle bajo control.

-         C’est fini – dije, dirigiéndome a Gabrielle con una sonrisa burlona, de esas que ella tantas veces me había dedicado.

-         Tú ganas, De la Riva – respondió ella. Y me fue imposible no apreciar su belleza. Esa malvada belleza...

            La mujer del BMW se acercó a mí. Sonrió. No sabía su nombre, pero sin duda que la conocía de alguna parte.

-         No tienes que agradecérmelo, Leonardo – dijo ella, anticipándose a mis cuerdas vocales – Lo hice por ti.

-         Hay algo que no entiendo – balbuceé.


-         No hay nada que entender – dijo ella, y me sonrió, colocando su dedo en mis labios.

            Volvimos a Londres. Mc Allister se despidió de nosotros y se llevó a Gabrielle. No había que preocuparse por ella, sin duda saldría libre en cosa de horas y volvería a hacer de las suyas en otro lugar del mundo. Yo ya había cumplido con mi trabajo de detective... o al menos en parte.

-         Parece que será nuestra primera noche en Londres – dije, mientras miraba a la chica del BMW. Algo me resultaba muy familiar en ella, pero no podía saber qué. O quizá... simplemente no había nada que comprender.

-         No lo creo – respondió ella, coqueta – Yo diría que es nuestra última noche en Londres, Leonardo. Y me tomó la mano. Nos besamos bajo la fría llovizna londinense y la noche se detuvo unos segundos a observarnos.

      “Last night in London” – pensé, mientras sonreía. Luego, en voz baja, añadí:

-    Tienes toda la razón...

            La delicada atmósfera nocturna se cubrió de un aroma de felicidad, de un perfume de amor y de una nube de recuerdos que volvían a vivir, aunque sólo fuese por aquella noche.

Por M.

jueves, 18 de agosto de 2011

Bajazor

                        
                           I

Conduzco una motocicleta de deseo
Por una autopista vertical
Que con su lujurioso seseo
Me lleve a la ciudad de las ilusiones
Ése destino final
Que hoy tienen mis intenciones

No es necesario paracaídas
Ya no hay existes, Altazor
No importa que tan lejos sea la caída
Desde la mansión del ruiseñor
Hasta tu amor que se olvida

Mejor ahora que no tenemos Dios
Pues ya no es necesario
Si no quiero decirte adiós
¿Es que no nos escondemos a diario?

Polvo de mi dios, arena de tus dioses
Anhelos que se funden tras las palabras
Imágenes no soñadas, oídos sin voces
¿Qué me importan tus dioses?
Ni siquiera el mío era algo por entonces
No hay nada más que deba decir
El camino se ilumina de luces
¿Para qué queremos dioses, Altazor?

Es cierto, no tenía corazón
Quizá era frío y altanero
Por eso nunca supe del amor
No me contradigas, Altazor
Ya no hay pasaje en mi velero
No sabías, como yo, que el amor...
¡Vaya, pues! no era tan traicionero

No me atormentes con absurdas reglas
Que la métrica no sabe reír
Y menos despertar bajo luciérnagas
He avanzado por esta autopista de marfil
Ascendiendo y ascendiendo en busca de las llamas
Que sé que están dentro de ti
Esperando el momento adecuado
Para encenderse con una mirada
No me crees, pero es así
Bajo la ciudad de ilusiones estrellada
Ya no habrá más dolor
Mi diosa bienamada

                       II

Despierto y ya no hay más que asfalto
Soñaba que volaba en una motocicleta de pasto
La ciudad de las ilusiones se oscurece poco a poco
¿Es que acaso estaré loco?
Es que tú no has visto, Altazor
La noche envuelta en llamas
Y el aroma del amor

Si ha de haber un final
Espero no sea necesario subir
Que la idea es más confusa y agria
Cuando no se origina en esta naturaleza
La que llevo para ti escondida
Escondida y lista para poner en la mesa
Junto a los manjares de tu belleza
Buscando la puerta de tu risa
Las llaves del beso
De esos ojos de cereza

No hay final aparente
Es absurdo el sentimiento
Se me escapa ya la luz
Más allá de la mente
Y sin embargo siento
Que tu presencia no se ha ido
De este corazón más de alguna vez partido

La oscuridad no hace bien a las letras
Pero a ti, Altazor, quizá te ilustre
Que es mejor a veces no seguir a la cabeza
Pues las ideas son de papel lustre
Y acá abajo está lleno de belleza

Mi motocicleta ahora es azul
Pero eso ya no importa
Pues tú comienzas a teñirte de rojo
No creas que me asusta
Ése brillo que sujetas, temblorosa
Tras esa expresión adusta
¿No conoces el amor?
Sólo obsérvate cual pétalo de rosa

                       III

La ciudad se perdió, tras la arena, se perdió
Sólo tú apareces ahora y me miras con candor
¡Ahora te apareces!
¿Es buen momento acaso?
Nunca es tarde, dice el ruiseñor
No lo sé, y no me interesa tal cosa
Pues con tu belleza, trastorno del fracaso
He logrado creer ahora en una diosa
Una diosa que detuvo al fin mi ocaso

Te he vencido, Altazor
Tú, que no creías en mí
Y te aferrabas a tu dios
Debiste haber sabido
Que el alelí no huele así
Si antes no ha bebido
De la copa del tormento
Y del vino de su voz

               IV

Finalmente he llegado
No hay luz
El tiempo se ha esfumado
Pues tu presencia se ha tragado
Todo el universo has devorado

¿Pero qué importa ya?
Ahí estás, eres la diosa que buscaba
Y luz de sobra tú derramas
¿Quién necesita tiempo y espacio?
Tu presencia es el nuevo plano cartesiano
En él vivo ahora, no hay nada más que buscar
¿Ves ahora, Altazor?
Ni siquiera el infierno me ha ganado
Sólo existe tu llama y la mía
En el frío amanecer
De unas vidas paralelas
Que se unen en la estela
De un insondable porvenir
De un continuo morir
De una estrofa muy larga
Y de un verso reflexivo
Que ha dejado el olvido
Por haber conocido el amor
Pero que no rima ni suena
Pues lejos aún está tu corazón 


por M.